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Sobre gallinas y calabazas

El clima de Tianguistengo es muy húmedo; condiciones buenas para la fertilidad de la tierra. A y yo esperamos algunas semanas a que llegaran los primeros brotes del huerto y que crecieran las plantitas. No tardó mucho. Cada día era un nuevo momento de descubrimiento. No saben la emoción de ver la primera flor de calabaza y luego ver la primera calabaza de pipián formándose, ver que la bolita redondita crece día a día. Y me emocionó muchísimo ver la primera calabaza mantequilla, todavía era muy pequeña pero me emocionó ver cómo crecía. Esa planta mantequilla me costó trabajo encontrarla, es una variedad de calabaza que conocí en Boston y resulta que es más mexicana que el nopal. Por unos días la iba a visitar tan seguido que la empecé a querer; hasta me emocionó ver que un ratón había tratado de morderla. Pinche ratón. Pero era emocionante ver que el círculo del ecosistema se estaba cerrando. (Y pinche gato del vecino, por qué no estaría cumpliendo su función en el ecosistema.)

Las primeras semanas del huerto me enojaba cuando las gallinas del (otro) vecino se metían a rascar todo lo que había sembrado. Me la pasaba correteando a las gallinas. Le pedí al vecino que si podía hacer algo con sus gallinas. No se río de mí, pero por dentro sí. Y las seguí correteando por días. Y no entendía la función de las méndigas gallinas y me enojaba, así como tampoco entiendo la función ecológica de los cuervos que se comen la comida de las ahora mis gallinas. En el curso de permacultura, A y yo aprendimos que hay que darle a la madre naturaleza el 30% de los frutos. Ella nos da. Nosotros damos de regreso. Esa mordida de ratón era una señal divina de que el ecosistema productivo estaba funcionando. El huerto estaba regresándole vida a la tierra. Vientos huracanados.

Nota al pie de página. Pido chance de decir “ecosistema productivo”. Soy de ciudad y el término suena muy bonito. No importa que nuestro huerto no se mida en hectáreas.

Voy a regresar rápido al tema del colonialismo. El semestre pasado, tomé un curso sobre arqueología de la comida mexicana y me obsesioné con querer crear una granja sólo del “nuevo mundo” — habría guajolotes, quelites, amaranto, frijol, nopal, agave, conejos, camote, maíz, calabaza, chayote, pero no habría avena, ni trigo, ni caña, ni gallinas, ni pepino. Le decía a A que comeríamos con los productos que existían hace 500 años en estas tierras.

Al principio de la aventura, andaba muy puritano, “solo plantas del nuevo mundo”, le decía; pero la verdad es que A me insistió (mucho) que quería pepinos y pues me rendí. Además encontramos un pepino exótico en el mercado orgánico de Huasca, que merecía una oportunidad para ver cómo germinaba y crecía. Las fuerzas de la vida empujaron al huerto a tener cultivos originarios de América y también originarios del “viejo mundo”. También, la verdad, es que me gusta mucho el plátano y pues es híper productivo, así que en el huerto ya se sembró plátano, chícharo, melón, lenteja, cebolla, manzana y el mentado pepino.

Nota sobre el plátano. Los europeos trajeron la banana a América y se reprodujo por millones en el Caribe y Centroamérica, a expensas de mucha injusticia y devastación. Luego compañías de EUA tomaron las plantaciones, las explotaron y se usó el término de república bananera porque ahí en sus plantaciones podían hacer y deshacer como si no hubiera ley. En la cabeza de los inversionistas extranjeros, si no había ley, era culpa de “los locales”.

Hay tantas cosas emocionantes en el campo, que me han hecho feliz estos meses y que no tenía idea que me podían poner tan contento. Si regreso a la ciudad, espero que me sigan haciendo feliz, que estas cosas no se me olviden:

· Escuchar en las láminas del techo, que ya empezó a llover.

· Que la composta dentro del tambo se sienta calientita. Porque quiere decir que ya está en acción la descomposición “controlada” de los microbichitos. Después de más de un mes de ir apilando residuos orgánicos y que no pasaba nada, ya me estaba desanimando y pensando que tendría que seguir las instrucciones al pie de la letra, que tendría que medir la relación entre carbono y nitrógeno. Afortunadamente, no hubo necesidad.

· Ver la casi-flor de girasol dos o tres días antes de abrirse al mundo; mirar todas sus ganas de mostrarse al sol. La germinación de una semilla neta es experiencia medio espiritual.

****** Parte 2 *******

B quiere que la base de nuestra alimentación sea la calabaza y la comamos en todas sus modalidades. La mitad de la huerta ha sido conquistada por las enormes hojas de las plantas de calabaza. B sembró muchas. La modalidad que más me gusta es, su ya perfeccionado, atole de ayote (un tipo de calabaza). Es muy rico. En la cocina, B y yo tenemos modos de operar opuestos. Yo tengo que seguir reglas, una receta, y nunca improvisar; no confío en mis habilidades culinarias. B inventa, prueba verduras no conocidas, mezcla sabores y no sigue reglas. También ha sufrido las consecuencias de esa perspectiva, como cuando hacía su café con agua de la llave y luego nos enteramos que el tinaco llevaba años de no lavarse y no tenía tapa.

Me he dado cuenta que la experiencia de vivir aquí me ha ayudado a desprenderme un poco de la necesidad que tengo de seguir reglas, de buscar consejos de expertas en lugar de seguir mi intuición. Mi historial de búsqueda en Google, es un penoso reflejo de mi problema: “Mejores prácticas para alimentar a las gallinas”; “¿Cuántas veces le debo dar de comer a las gallinas?”, “¿Cómo lavo un huevo que puso mi gallina Roberta?” (¿?!!!). O como cuando les pregunto a las señoras que me venden verduras, exactamente cómo cocino una verdura; como si yo no pudiera tener una idea básica, y experimentar, arruinar y volver a intentar. Creo que tengo mucho que reflexionar por ahí…

B ya empezó a implementar algunas reglas en la cocina, mientras yo me he vuelto un poco más “atrevida”; propuse agregarle cardamomo y clavo al atole de ayote, además de la canela.

Para mí, vivir fuera de la ciudad es:

· Tener picaduras de insectos en el cuerpo, siempre y de todo tipo.

· Salir a comprar huevos y tardarse una hora porque toca saludar y platicar tantito.

· Encontrar a un “piojo del mahuaquite” (un animalito mitad víbora, mitad lagartija) en la sala, sacarlo con un palo a la calle y tener a tres vecinos a mi alrededor opinando qué hacer con el animalito.

· Ser llamada Doña…

· Aprender sobre la vulnerabilidad de vivir del campo.

· Confrontar que lo que para mí es un privilegio, un “sueño”, para otros, la mayoría aquí, es una lucha por sobrevivir, y una búsqueda permanente de escapar (como muchos lo hacen, a Pachuca, a la Ciudad de México o a Estados Unidos).

*

Hola. Soy B otra vez. Esta vez me tocó subir el blog, así que voy a aprovechar el derecho de réplica sin que A me vea. Ya que me ventaneó con lo del agua verdosa de mi café, he de decir que no me enfermé. A se ríe de mi explicación, pero yo digo que esa agua no me hizo daño porque me alimento de muchos microorganismos (más sobre comida viva y fermentados muy pronto).

 

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