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A + B entre quelites y guajolotes

(Parte I)

Este verano, B y yo decidimos vivir en el pueblo de cuatro mil habitantes en la sierra hidalguense donde nació mi abuelo paterno. B había pasado todo un año devorando todo libro que cayera en sus manos (los libros “caían” con facilidad gracias al botoncito de “compre con un click”). Los libros eran, se puede decir, variados, desde subtítulos como “La revolución que cambiará tu cuerpo” con la sonriente wellness coach en la portada hasta “El planeta de micorriza” sobre microorganismos en las raíces de los árboles. Las pláticas en casa eran sobre fermentados, microorganismos del suelo y lo sospechoso de los jitomates “perfectos” del supermercado. A principio del año la pregunta en el aire era, qué íbamos a hacer una vez que yo terminara las clases del doctorado y pudiéramos escapar del atraco-renta de vivir en Boston. Poco a poco empezó a tomar forma la idea de “vivir en el campo”. Realmente donde vivimos es una cabecera municipal, pero para nuestra referencia chilanga es “la mera sierra”. Es la sierra huasteca, aunque B dice que técnicamente la sierra huasteca hidalguense es más al norte, yo digo que vivimos en “Tianguistengo, la puerta a la sierra huasteca” y que no se hable más de categorías foresto-culturales.


El idealismo universitario nos nubló un poco el pensamiento y empezamos a creer que sí podíamos darnos el lujo de “vivir en el campo”. Hicimos cuentas, con ahorros, beca y muchos frijoles podíamos darnos unos meses. B es muy adverso al riesgo y yo poco emprendedora, así que tomamos esta decisión con miedo y bajo las miradas de incredulidad de nuestros queridos padres. Cada vez que B o yo sacábamos en la plática el “lo peor que puede pasar es… que nos regresemos a la ciudad y busquemos chamba” era más para calmarnos a nosotros mismos que para tranquilizar a quienes les platicábamos nuestros planes.


Hemos pasado casi tres meses en Tianguistengo tratando de acondicionar la casa de la familia que sólo se usaba una vez al año. B como ejecutor que es comenzó a hacer surcos para sembrar mientras yo veía fotos de casas para inspirarme a remodelar los espacios. Me duró poco el gusto porque al no tener agua ni boiler, ese librero hermoso en forma de escalera pasó a ser prioridad número 80. Ahora soy feliz porque tenemos agua caliente, aunque el techo del baño se esté cayendo y la fuga de gas de la estufa sea indomable.


Estos meses han sido de muchas idas a la ferretería, poco Netflix, muchos “buenas tardes”, muchos minutos esperando que cargue el correo electrónico, y muchas tardes de sentir que habíamos llegado a donde debíamos estar.


Empezamos este blog para compartir lo vivido y lo aprendido.


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Entre quelites y guajolotes (parte II)


A sigue sin superar que compré un libro de wellness. No me perdona que la portada del libro sea una señora guapetona californiana que ha escrito libros para bajar de peso. El libro está bueno y habla sobre la obsesión de nuestra sociedad con las proteínas; dice que es casi imposible tener un déficit de proteínas y que sin embargo seguimos obsesionados con comer “suficientes” proteínas. Además, el libro habla sobre el movimiento en EUA alrededor de la “carne limpia” (carne de laboratorio).


Sí, la verdad sí me obsesioné con libros sobre la alimentación, la agricultura, la diabetes, las bacterias buena onda que viven en nuestro apéndice, la vida microscópica del suelo y “El planeta de micorriza”. Las micorrizas son redes de hongos maravillosos que viven en las raíces de muchas plantas, incluyendo los árboles; y que existen para ayudarse entre sí. En mi defensa diría que sí leí muchos libros y blogs de pop science pero también libros académicos y artículos de divulgación científica.


En junio estuve recorriendo los días de plaza de diferentes ciudades del estado de Hidalgo y compré semillas de todas las variedades de maíz, calabaza y frijol que me topé. En Boston me clavé con el tema de la agrobiodiversidad. Por acá en Tianguistengo nos hemos encontrado variedades de plantas muy bonitas: un jitomatito verde sandía, un chile rayado con costras como el melón y obviamente las bellezas de calabazas (o ayotes) de todas las formas y colores. Por acá, cantidad y variedad de frijoles no nos van a faltar. Estoy convencido que México puede resolver sus problemas medioambientales (falta de agua, deforestación, emisiones de carbono) y de salud (diabetes, enfermedades cardiovasculares) a través de la comida. Si miramos y entendemos cómo se produce y consume comida es fácil entender lo que está bien y está mal de nuestros sistemas productivos. La comida mexicana y la biodiversidad de nuestra agricultura pueden ser nuestro mayor activo para prevenir la diabetes. Ya habrá tiempo para ahondar en estos temas.


Cada tercer día le digo a A entre broma (y no tanto) que su mente está muy colonizada… y soltamos juntos la carcajada. Le digo que ese jitomate rojo perfecto, el pepino, la papaya, la manzana y las cuatro o cinco frutas y verduras a las que estamos acostumbrados a comprar en el supermercado son la milésima parte de la variedad de frutas y verduras que tenemos en el planeta. Pero que nos hemos acostumbrado a creer, por nuestra mente colonizada, que solo existan unos cuantos alimentos buenos y nutritivos. Por lo menos el choro de la mente colonizada me ha servido para que A no haga caras y se coma la mayoría de mis experimentos en la cocina, que a veces salen no muy sabrosos.


Nota al pie página. B resistió hasta donde pudo la idea de escribir un blog en tercera persona con nuestras iniciales. Pero A insistió demasiado.


Estos meses en Tianguistengo, Hidalgo han sido una experiencia feliz. Yo estoy emocionado aprendiendo a sembrar, a reconocer los quelites y a criar (nueve) gallinas y guajolotes. La vida “en el campo” ya me parece una vida tan “normal” como la vida de ciudad.

Cuando nos preguntan que cuál es el plan, que qué vamos a hacer, nuestra respuesta es “no sabemos con exactitud”. ¿Cuál es el plan a 6 meses, a 6 años? Todavía no sabemos. Pero esa incertidumbre nos inyecta vida. Y en este blog sobre nuestra experiencia de la ciudad al campo, de vivir por primera vez entre quelites y guajolotes, ese plan irá cuajando y se los iremos platicando.

 

Ciudad de México / Tianguistengo, Hgo., Mexico

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