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Manzanas y glifosato

Ya tengo quien me ayude en el huerto. Después de dos meses haciendo surcos y camas de cultivo, sentí que quería compañía y manos extras. Además, A y yo ya nos convencimos de echar a andar una granja productiva. No estuvo difícil conseguir a un “peón”, así le dicen aquí. Tuvimos suerte. En la cabecera municipal no hay muchos “peones”, por lo regular los trabajadores vienen de localidades periféricas. Hay unos que vienen por periodos de días o semanas y luego se regresan a su casa, vienen de las localidades que todavía hablan nahua, vienen del rancho, así le dicen, de distancias de más de dos horas. Son dos horas de camino aunque la localidad se vea del otro lado del cerro. En distancia lineal está muy cerca, pero la orografía no ayuda nada. Paréntesis. No me gusta el término de “peón”, pero acá la gente no lo ve con connotación negativa.

Estoy trabajando el huerto con E, un señor con voz bonachona, estará en sus 50s. E es de una localidad como a 25 minutos de la cabecera municipal; va y viene en la “urvan” que transporta también a los jóvenes que estudian el bachillerato en la cabecera. Los primeros días yo me la pasaba de preguntón, le preguntaba diez veces si le echan agroquímicos a las milpas, qué siembran, cuándo, si esa o aquella variedad de frijol porque no lo siembran. Ahora podemos pasar horas sin hablar, dándole duro al pico y pala, nos sonreímos y estamos en paz. Eso sí, cualquiera de los dos empezamos una conversación cuando queremos descansar. Recientemente A y yo fuimos a conocer su milpa y trajimos varias cosas para sembrar en la granja (café, piñón, nopal, caña). Este mes ha sido un curso práctico de agricultura tradicional.

He aprendido a dominar el machete, al güingaro y al azadón. Los primeros días era muy divertido. Pero después de tres semanas, la verdad, es que el cansancio se acumula y desde temprano, mi brazo dejaba de hacerme caso. Hay zacate estrella en el terreno, un pasto que es “canijo de quitar”. Podemos estar todo el día chapoleando y parece que no avanzamos. Yo sigo necio de que no quiero usar “faena”, un químico de etiqueta verde (“no peligroso”) que seca las hierbas. “Faena” es una de las marcas comerciales del glifosato, que se inventó hace muchas décadas como un limpia metales y ahora se usa extensivamente en el campo. Todo mundo lo usa, es muy fácil comprarlo. Desafortunadamente hay estudios que lo asocian con cáncer. Y todo nuestro sistema alimentario está lleno de glifosato: cervezas, cereales, las tortillas que compramos, tienen glifosato. Además de también tener efectos negativos en la salud de quienes lo usan. Paréntesis: urge cambiar la regulación de la compra y venta de agroquímicos.

No quiero usar “faena” porque se me quedó grabado que hay que regenerar la vida del suelo (bacterias, hongos, nematodos benéficos). El mata hierbas también mata a los microbichitos. Y los microbichitos son quienes ayudan a la planta a absorber sus nutrientes. Produciendo en suelos muertos, producimos verduras anémicas. Hay estudios que dicen, por ejemplo, que las manzanas de hoy tienen mucho menos hierro que las manzanas de hace 50 años. Y así parece que está pasando con otras frutas y verduras que comemos; están perdiendo vitaminas y minerales. Por eso preparo unas mezclas buenísimas de tierra negra, tierra de hoja, microorganismos comerciales, microorganismos del bosque, le echo al chilazo de todo: para hacer una tierra muy sabrosa para las plantas. Eventualmente tendré que seguir algunas recetas. Unas camas de cultivo que hice con mucho (demasiado) abono de borrego no dieron buenos resultados. No germinó nada.

E parece que no se cansa. Cuando yo ya no puedo, aviento el güingaro, me aviento a la montaña de pasto seco y suspiro un ‘uff’. E me voltea a ver y se ríe. Me dice, en su acento serrano: “Si te viera tu familia; no te lo creería, han de decir que estás loco”. Y nos sonreímos. El segundo día que nos vimos, me preguntó que cómo había amanecido de dolor. Sabía que estaría deshecho. Me preguntó y luego sonrió.

E dice que él está acostumbrado. Varios días durante la semana va a las 4am a su parcela, a dar vueltas con su perro, ahí lo deja amarrado, para asustar a los tejones, porque ya hay elotes tiernos y no quiere que se lo coman. Regresa a su casa a desayunar su café y pan, y antes de las 8am ya está tocando la puerta, listo para ayudarme a sembrar unos manzanos. Ya me urge que en 3 o 4 años cosechemos manzanas en la granja, para fermentar unos litros de sidra casera.

*

B se va desde temprano a trabajar con E. Tienen su horario de trabajo de 8 a 4pm. Extraño un poco cuando podía ir a distraer a B durante su jornada laboral. Pero ahora que tengo que estar fuera de Tianguistengo unas semanas, me da gusto que B pueda trabajar junto con E.

Como no estoy en la granja, voy a platicarles de Almaty, la ciudad en donde estoy, ¡la cuna de la manzana! Sí, Alma Ata, su nombre viejo, cuándo era la Unión Soviética, significa “padre de las manzanas”. La manzana es originaria de Kazajistán, de las faldas de las montañas Tien Shan para ser exactos. Las montañas…las montañas son lo que más me gusta de esta ciudad. Puedo estar caminando sobre una de sus grandes avenidas, y de repente, voltear, y ver a lo lejos los picos cubiertos de nieve de Tien Shan.

Ayer fui al bazaar, un mercado techado en donde venden desde carne de caballo hasta especies de toda asia central pasando por útiles escolares. Compré siete tipos de manzanas de Almaty; o al menos eso me prometieron los vendedores. Mi ruso y kazajo es nulo, así que yo sólo repetía: “Apple…Almaty…apple…Almaty”. Las llevé a la oficina con el plan de hacer que mis colegas me ayudaran a comerlas y sacar las semillas. Dejé una notita con la petición; creo que no fue bien recibida porque sólo tengo semillas de las dos que yo me comí. B pide que lleve a Tianguis semillas de todos lados; ahora soy contrabandista de semillas. Perdón, B, no te podré llevar muchas semillas para que tus nietos coman manzanas de Almaty.

Spasibo! (¡Gracias!)

 

Ciudad de México / Tianguistengo, Hgo., Mexico

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