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Cinco meses de La Guajolota, en la sierra hidalguense


Durante estos meses, me he dado cuenta que en el campo uno tiene que aprender de todo. En la ciudad es fácil acostumbrarse a sólo saber hacer una cosa o dos, para todo lo demás se consiguen productos y servicios. Al menos, así me ha pasado en la ciudad. Soy monofunción.


Cuando A y yo decidimos mudarnos al campo, yo leía día y noche sobre agricultura, sistemas alimentarios, resiliencia, permacultura; me estaba “preparando” para (sobre)vivir fuera de mi área de confort monofunción.


La granja me ha enseñado de manera práctica uno de los principios clave de la permacultura: la multifunción, es decir, que cada elemento del sistema sea capaz de asumir varias funciones. El principio de multifunción está muy relacionado con un principio de la resiliencia: diversidad y redundancia. Un sistema es resiliente si tiene capacidades diversas y redundantes, o sea, que el sistema tiene elementos diversos y un elemento puede sustituir la función de otro elemento. En la vida en el campo, uno debe ser resiliente y saber hacer muchas cosas. No queda de otra, aquí las personas han aprendido a tener capacidades diversas.


Don E ha ido un par de veces a trabajar a EUA, “antes, cuando era fácil cruzar”. Ahora cobran más de $6 mil USD para cruzar y muchos no se animan, no se quieren endeudar. Don E aprendió a cortar el árbol de durazno en “Sur Carolina”, eso me cuenta, de “abajo pa’rriba, para ayudarlo a crecer”. Sabe albañilería, carpintería básica, cuidar puercos, ponerle gallinaza (popó) al alimento, porque así se lo pedían, ponerle “sales” (clembuterol) para engordar baratamente a las vacas. Obviamente sabe de la milpa, del quelite alegría y de las muchas variedades de frijol, pero a sus cincuenta y tantos años aún re-inventa maneras de lidiar con el tejón que se come sus elotes. Fue guardia de seguridad en la Ciudad de México donde vivió diez años. Es el encargado del agua en su localidad; ha sido delegado de su comunidad y le ha tocado encerrar a los peleoneros del pueblo. Sabe hacer de todo.

Aquí en Tianguistengo he aprendido varios ejemplos que ilustran la multifunción. El carrizo, un primo lejano del bambú, que crece rápido, muchas veces lo consideran maleza, pero si uno lo administra bien, puede ser una barrera y filtro para la pipí de los borregos. Eficientemente captura Carbono para frenar el calentamiento global: quita átomos de C de la atmósfera y los convierte en materiales para la granja. Wow. El nopal es otro ejemplo que me encanta. Sirve para hacer barreras naturales y construir suelos sanos. Se siembra y sobrevive muy fácil. Se come el nopal y se come la tuna. Molida, su baba, sirve de adherente para los fertilizantes orgánicos.


Me di cuenta sobre la “todología” hace unos días que me tocó ir a la “ciudad” de Zacualtipan a comprar varios insumos. Ya sé comprar alimento de gallina, dónde comprar hueso molido para la composta, dónde conseguir maguey para sembrar, diferenciar entre el carrizo, el bambú y el zacate y ya sé comprar un costal de salvado de trigo. Venía en la carretera con mis costales gratis de aserrín (para el mulch de la hortaliza, más sobre esto después) y mientras conducía de regreso por las montañas me di cuenta de la propia sonrisa en mi rostro, que mi día a día era muy distinto a mi vida hace exactamente un año. Hoy fui al municipio aledaño a preguntar a una mina si ahí pueden triturar piedra. Me dijeron que no. Pero ya di con un taller que me puede moler la piedra. Más sobre polvo de rocas y la remineralización del suelo, pronto.


La vida en Tianguistengo exige muchas habilidades nuevas y desconocidas para un wey de ciudad. Nunca aprendí a usar el taladro; el martillo a duras penas. Mi papá siempre arreglaba cosas de la casa, pero mi cerebro se desconectaba al escuchar palabras como taquete. Ahora en el campo uno tiene que aprender a hacer de todo; porque no hay de otra. Porque cuando volteas a ver a tu esposa, ella tampoco sabe taladrar.


Colofón sobre resiliencia. Le podré echar muchas ganas al huerto, pero la verdad es que las lluvias y plagas le han dado duro, han lastimado mucha cosecha. La agricultura de temporal es muy vulnerable. Cuando uno cree que ya pasó un obstáculo, llega el otro y luego el otro. Agua de más, agua de menos, semillas viables o no, hongos, bichos, viento, saber cuándo y cómo cosechar, etcétera. Todos los brócolis y jitomates perdieron sus respectivas batallas en el huerto. El brócoli contra un gusano y el jitomate contra las lluvias. Yo creo que he perdido como la mitad de lo que intenté sembrar. 50% no me parece un mal resultado, lo considero éxito de principiante. Lo más exitoso es lo que he aprendido: lo que más hemos comido es chilacayote, chayote, acelga y verdolaga. Son resistentes. La verdolaga nace solita en el piso de piedra. Resiliencia es si la vida te da limones, haz limonada (con verdolaga). La neta no entiendo porque no hay más chayote y chilacayote en nuestro sistema alimentario. No entiendo por qué comemos cosas frágiles y no comemos más de las especies resistentes.


P.D. A A no se le permitió escribir en el blog, porque se tiene que concentrar en su tesis. Regresará…

 

Ciudad de México / Tianguistengo, Hgo., Mexico

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