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Los primeros días

Los primeros días yo andaba un poco ansiosa. Caminaba de aquí para allá, me sentaba a escribir o leer algo para mi tesis, a los cinco minutos me levantaba a ver qué hacía B en la huerta, y así se me iba toda la mañana, sin poder hacer algo por más de cinco minutos. Veía mi celular constantemente, algo que según no iba hacer en mi “vida desconectada de la ciudad”. Una tarde, B volteó a verme y me dijo, “pronto vas a encontrar tu rutina, así estaba yo los primeros días”. Me gusta la expresión “no me hallo” porque es justo ese sentimiento de incomodidad con el “estar”. B se había adelantado a Hidalgo y había pasado ya dos semanas en nuestro nuevo hogar. Él ya había tenido tiempo de encontrar su nueva rutina. B se levantaba a las 7am a abrir las puertas de la casa que atrancamos con un tronco por la noche, su siguiente actividad y su favorita era caminar por el huerto y observar los acontecimientos del día, una nueva germinación, por ejemplo. Después se ponía a regar porque durante la canícula realmente no llueve, luego le daba de comer a las gallinas y comenzaba alguna actividad nueva como preparar los tambos para su composta o deshierbar. Así B parecía tener su agenda de actividades. B me molesta porque dice que mi actividad favorita es contemplar mi calendario en Google. Yo puedo pasar varios minutos viendo como mi tiempo está asignado a actividades en las próximas semanas y meses. Durante el año escolar, mi calendario está lleno de colores para cada actividad; muchas de ellas son actividades a las que me gustaría ir y nunca voy.

La experiencia de tener tiempo o más bien de no tener mi tiempo asignado a actividades específicas era desconcertante al principio. Tenía “cosas que hacer” como avanzar en mi tesis y hacer la casa habitable pero no citas ni reuniones. Después de varias semanas, me he acostumbrado al ritmo de los días aquí. La gente pasa a saludar y a echar un vistazo curioso o pasa Don T a platicarme alguna anécdota de mi abuelo o de mi abuela. En Tianguistengo, el tiempo no pasa ni más lento, ni más rápido, que en la ciudad. Aquí no corro de un lado a otro como gallina sin cabeza, pero el día se me va igual. Lo diferente es que aquí tenemos una rutina que nunca habíamos tenido para almorzar y cenar juntos. Tal vez la rutina nos ayuda a acostumbrarnos a un lugar donde todo es nuevo. Aunque a veces, salimos de la rutina y un martes cualquiera vamos a la ferretería del pueblo grande y se siente como paseo, o vamos al bosque a recolectar microrganismos (más sobre esto pronto). Hoy jueves fue el día del tianguis, día de comer “fuera” y comimos unos sopecitos de Doña C.

El maestro plomero nos preguntó: “y ustedes, ¿no se fastidian aquí?”. Un poco sorprendidos por la pregunta, B y yo le dijimos: “no, todavía, no”.


*


Las primeras semanas


Impulsado por la curiosidad y la emoción, hice dos surcos. Luego hice otros dos. Luego tomé un curso de permacultura y me puse a hacer varias camas de cultivo intensivo. Leí a un japonés de los 50s que habla sobre la agricultura de poco esfuerzo y me puse también a echar semillas a lo wey. Leí sobre la asociación de cultivos y me puse a sembrar hierbas de olor fuerte por aquí y por allá. Hice terrazas para retener el suelo. Hice todo lo que se me pudo ocurrir y hube leído. Germiné con almácigo y sin almácigo. Empecé como cuatro tipos de composta: aeróbica, otra anaeróbica (o séase léase: método al chilómetro con olor a putrefacción), una composta con lombrices californianas y otra composta con lombrices locales.


El huerto en esos primeros días era muy entretenido, se me iba el día rapidísimo. Tampoco crean que es tanto espacio, estaré trabajando como 350–450 mts2 de huerto. Ha pasado un poco la emoción de buscar y encontrar semillas ‘criollas’. Para uno que es de ciudad, fue emocionante aprender que había tantas variedades de maíz y calabaza y de todo, y que cada región, incluso cada pueblo tenía su propia variedad. Paréntesis. Estas semillas no tienen nada de ‘criollas’, pero así les dicen. Son semillas nativas. Criolla sería una semilla de plantas del ‘viejo mundo’ pero nacida en el ‘nuevo mundo’ (América). A cada rato digo semilla ‘criolla’ aunque me he puesto la instrucción mental de decir ‘nativa’. Pero el lenguaje y la repetición son canijas. También me propuse dejar de usar la palabra ‘prehispánica’ (más de esto después), pero hemos escuchado tanto esta palabra (prehispánica), que parece casi imposible borrar la palabra del repertorio.


Fue emocionante encontrar semillas nativas y saber que tendría un pedazo de tierra para sembrarlas. Estos meses aprendí a preguntar si este o aquel frijol negro era frijol “Michigan” o era frijol nativo; aprendí a preguntar en las tortillerías (sin que me hicieran caras) que si el maíz molido era maíz local o era maíz “Sinaloa”. Yo quería el frijol negro “el de a de veras”, pero los tenderos me decían que el “Michigan” se cocinaba más rápido y no le salía gorgojo. Durante aquellas primeras semanas que recorrí los días de plaza de Ixmiquilpan, Actopan, Apan, Metztitlan, Huejutla, Calnali, compré todos los frijoles nativos que me encontré, porque los germinaría, comería y guardaría su semilla.


Llegué a Tianguistengo con todo mi kit regional de siembra, me faltaba sólo recolectar las semillas más locales del municipio y estaría listo para hacer hoyos y labrar surcos. En el remoto Tianguistengo, donde lo más típico y local son las gorditas de alverjón (una leguminosa redondita blanca), vine a enterarme que el alverjón viene de la central de abastos de Pachuca o Tulancingo y que a su vez viene de Canadá. Afortunadamente, si uno se pone observador y preguntón, los jueves en los puestos de los productores locales que ponen su mantel sobre el suelo, uno sí puede encontrar alverjón criollo. Que sí es criollo, porque su origen no tiene nada de americano. Sabe re-bueno. Y estoy casi seguro que esas semillas que compré, en particular, no vienen de Canadá porque las vende un productor (versus un comerciante) que parece que ha usado sus propias semillas por generaciones y porque la semilla no viene reluciendo de limpia, o sea, trae tierra y hojitas.


Yo me imagino que en la región se empezó a sembrar alverjón (que es lo mismo que el chícharo europeo o un primero hermano muy cercano al chícharo) porque el alverjón aguanta el frío y lo siembran después de la cosecha de maíz, sabiendo que en un par de meses pueden caer heladas. A dice que el frío húmedo se va a poner bueno, que las sábanas frías y mojadas de estas noches de septiembre, que eso no es nada comparado a lo que viene. Parece que aquí vamos a sufrir el invierno peor que el año pasado con -22° C en Boston, sin calefacción ni chimenea. Nota al pie de página. Durante la canícula de agosto, yo sí me acostumbré a bañarme con agua fría y A nunca aprendió a prender el boiler de leña. Ya me vi en diciembre, A usando sus calcetines de lana y robándose los míos para ponerse doble capa.


Después de las primeras semanas de emoción, tocó ser paciente y esperar. Levantarse todos los días a mirar retoños en el huerto.


Y esperar…



 

Ciudad de México / Tianguistengo, Hgo., Mexico

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